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Señales de alerta en la infancia: Cómo identificar situaciones de vulnerabilidad y que pueden afectar al bienestar físico y emocional de los menores

La protección de la infancia y la adolescencia es fundamental para garantizar su bienestar emocional, psicológico y social. Detectar cuando un menor está sufriendo alguna forma de vulneración de sus derechos no siempre es sencillo: en muchas ocasiones ocurre en contextos privados y puede mantenerse oculto durante largos periodos de tiempo. 

En España, durante 2018 se registraron miles de denuncias relacionadas con vulneración de la integridad física o indemnidad de los menores. Sin embargo, los datos disponibles no reflejan necesariamente la totalidad de los casos, ya que una parte de estas situaciones no llega a comunicarse ni a denunciarse. 

Las estimaciones de organismos internacionales como UNICEF y la Organización Mundial de la Salud (OMS) también ponen de manifiesto la magnitud de este problema a nivel mundial. Estas cifras deben interpretarse con cautela, ya que existen diferencias entre estudios y países y, además, se trata de una realidad con una importante infradetección.

¿Por qué es tan difícil detectar situaciones de desprotección en la infancia? 

Detectar que un menor está siendo víctima de experiencias traumáticas o situaciones de vulnerabilidad puede resultar especialmente complejo. Los niños, niñas y adolescentes no siempre cuentan lo que está ocurriendo de forma directa. Pueden sentir miedo, vergüenza, culpa o confusión, o pueden encontrarse en una situación de dependencia respecto a la persona agresora. 

En otros casos, pueden existir amenazas, manipulación o estrategias de intimidación que dificulten que el menor pueda pedir ayuda. 

Por este motivo, es fundamental que las personas adultas y, especialmente, los profesionales que trabajan con infancia conozcan algunas de las posibles señales de alerta. 

Es importante señalar que ninguna de estas señales, por sí sola, demuestra que haya existido una experiencia traumática grave. Muchos de estos cambios pueden aparecer también ante otras situaciones de estrés, dificultades familiares o problemas escolares o experiencias traumáticas. Lo importante es observar los cambios respecto al comportamiento habitual del menor y valorar el conjunto de circunstancias.

Posibles señales de alerta de vulnerabilidad infantil 

Las posibles consecuencias de una vivencia traumática pueden manifestarse de diferentes maneras. Para facilitar su identificación, podemos agrupar algunas de las señales más frecuentes en diferentes áreas:

1. Indicadores emocionales 

Pueden aparecer:

  • Miedos intensos o repentinos hacia determinadas personas, lugares o situaciones. 
  • Rechazo o temor a quedarse a solas con una persona concreta. 
  • Síntomas de ansiedad o tristeza profunda. 
  • Baja autoestima. 
  • Sentimientos intensos de culpa, vergüenza o estigmatización. 
  • Cambios bruscos de estado de ánimo. 
  • En algunos casos, conductas autolesivas o pensamientos de desesperanza profunda. 

2. Cambios cognitivos y escolares 

El impacto emocional también puede repercutir en el funcionamiento cotidiano y académico: 

  • Dificultades de atención y concentración. 
  • Descenso inesperado del rendimiento escolar. 
  • Dificultades para seguir las actividades habituales. 
  • Inquietud constante o dificultades para permanecer concentrado. 

3. Cambios en las relaciones sociales 

Algunos niños, niñas y adolescentes pueden experimentar cambios en la forma de relacionarse con los demás: 

  • Mayor inseguridad o desconfianza generalizada. 
  • Dificultades para establecer vínculos de confianza. 
  • Sensación de indefensión. 
  • Dificultades para expresar límites o decir “no”. 
  • Aislamiento social o menor interés por interactuar con sus iguales. 
  • Pérdida de interés por actividades que anteriormente disfrutaban.

4. Cambios conductuales y físicos 

También pueden aparecer modificaciones en hábitos y comportamientos cotidianos: 

  • Alteraciones del sueño: dificultad para conciliar el sueño, insomnio, pesadillas o terrores nocturnos. 
  • Retrocesos en el desarrollo: regresión en el control de esfínteres (enuresis o encopresis), especialmente si aparece de forma inesperada. 
  • Cambios en la alimentación: alteraciones significativas en los hábitos alimentarios. 
  • Somatizaciones: quejas o molestias físicas recurrentes sin una causa médica clara. 
  • Conductas descontextualizadas: comportamientos o expresiones con contenido íntimo o adulto que no se corresponden con lo esperable para su etapa evolutiva o que resultan obsesivas/compulsivas. 
  • Conocimientos atípicos: manejo de conceptos sobre la intimidad o el cuerpo claramente inusuales para su edad. 
  • Expresiones a través del juego o el dibujo: representaciones con contenido adulto que resulten llamativas por su carácter, frecuencia o contexto. 
  • Inhibición marcada: rechazo o evitación extrema en adolescentes hacia cuestiones relacionadas con la afectividad o el propio cuerpo. 
  • Irritabilidad: hostilidad, rabia o conductas agresivas inesperadas. 

La importancia de conocer el desarrollo infantil

Para identificar posibles señales de alerta es necesario conocer qué comportamientos son esperables en cada etapa del desarrollo. La curiosidad infantil sobre el propio cuerpo y la sexualidad, por ejemplo, forma parte del desarrollo y no debe interpretarse automáticamente como una señal de alarma. 

Por eso, es importante observar los cambios respecto al comportamiento habitual del menor, la intensidad, la frecuencia y el contexto en el que aparecen. 

La prevención también desempeña un papel fundamental. Favorecer desde edades tempranas el conocimiento del propio cuerpo y enseñar a los niños y niñas a identificar y expresar sus emociones contribuye a crear factores de protección. 

Aspectos clave a trabajar desde la infancia son: 

  • Enseñar a nombrar correctamente las partes del cuerpo, incluidas las partes  íntimas. 
  • Ayudarles a reconocer y expresar emociones y sensaciones.  
  • Enseñar que tienen derecho a poner límites y decir “no” ante situaciones que les incomoden.  
  • Diferenciar entre el contacto afectivo adecuado y situaciones que generan malestar. 
  • Explicar que no existen secretos que deban mantenerse cuando provocan miedo, culpa, preocupación o malestar. 
  • Favorecer que sepan identificar a personas adultas de confianza a las que puedan acudir si algo les preocupa. 
  • Crear espacios seguros en los que puedan hablar de su cuerpo, sus relaciones y sus emociones sin sentirse juzgados. 

La comunicación como herramienta de protección 

La comunicación es uno de los elementos fundamentales tanto para la prevención como para la detección de situaciones de riesgo.  

Hablar con niños, niñas y adolescentes sobre el cuerpo, los límites, las emociones, las relaciones y la sexualidad de una manera adaptada a su edad ayuda a construir un entorno en el que puedan expresar sus dudas y preocupaciones. 

No se trata de generar miedo, sino de proporcionarles información, confianza y herramientas para reconocer situaciones que vulneren sus límites o les hagan sentir incómodos.

Cristina González Psicóloga de Ita Sabadell

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