La frustración, la culpa o la desesperanza, son algunas de las emociones que, con frecuencia, aparecen cuando no se cumplen las expectativas que tenemos sobre nosotros mismos o sobre nuestros procesos. Cuando dichas expectativas se sitúan en el marco de un proceso terapéutico, aparecen pensamientos como “debería estar mejor ya” o “después de todo lo que he conseguido, no debería de haberlo hecho de nuevo” y esto, en muchas ocasiones, obstaculiza la recuperación.
Una recaída no implica que todo el trabajo realizado durante la terapia no haya servido de nada. Tampoco significa volver al punto de partida. Comprender qué significa verdaderamente una recaída es de vital importancia para poder afrontarla sin convertirla en una fuente de sufrimiento añadida. En aquellos problemas psicológicos en los que determinadas conductas o estrategias de afrontamiento se han mantenido a lo largo de mucho tiempo y han cumplido una función significativa para la persona (a pesar de que a largo plazo hayan resultado perjudiciales), es necesario contar con las recaídas como parte del proceso.
El comportamiento de las personas se basa en la interacción de ésta con sus contextos. En cada uno de esos contextos, hay presentes múltiples variables que influyen en mayor o menor medida en la conducta de la persona. Dichas variables, no siempre pueden modificarse con la terapia, por lo que algunas pueden permanecer o reaparecer incluso una vez finalizado el proceso terapéutico. Las situaciones estresantes, los conflictos interpersonales o las pérdidas significativas, pueden llegar a desencadenar nuevamente aquellas conductas que la persona ya había aprendido a modificar. Es decir, pueden hacer más probable que la persona recaiga. Por ejemplo, si una persona tiene un alto nivel de autoexigencia aprendido en la infancia cuando acudía a clases de ballet, en la adolescencia, si retoma estas clases en condiciones similares, es muy probable que la persona vuelva a exigirse mucho en este contexto.
Es importante tener en cuenta que, a lo largo de nuestra vida, aprendemos a responder de forma automática ante determinadas situaciones. En estos casos, se complica aún más el aprender nuevas formas alternativas de responder, ya que requerirá más tiempo, más práctica y un mayor número de exposiciones para ponerse en práctica.
Es precisamente ante los desencadenantes de antiguos patrones de conducta cuando aparece la oportunidad de aplicar lo trabajado en terapia y preguntarse: ¿qué ha desencadenado mi respuesta?, ¿cómo me estaba sintiendo?, ¿qué necesitaba en ese momento?, ¿qué hice? Y ¿qué podría hacer diferente la próxima vez?
Uno de los obstáculos más frecuentes cuando hablamos de recaídas es el hecho de interpretarlas como un fracaso. El miedo al error o al fracaso puede propiciar los intentos por controlar en exceso el propio comportamiento y a tratar de hacerlo todo “perfecto”. Esto puede ser problemático en el momento en que hace sentir a la persona que “no es capaz” o que “está estancado/a”.
De hecho, un objetivo terapéutico fundamental es aprender a responder de formas diferentes incluso después de la recaída. No es cuestión de restarle importancia o negar lo sucedido, sino de analizarlo sin juicios y preguntarse “¿qué puedo aprender de lo ocurrido y qué necesito ahora?”.
Recaer no significa “perder todos los avances conseguidos”. Todo un proceso terapéutico no puede borrarse por un episodio concreto. Desde este punto de vista, podemos pasar de “he fracasado” a “puedo volver a intentarlo la próxima vez”.
Como sucede frecuentemente con los problemas de carácter psicológico, la teoría suele ser más fácil que la práctica. Para una persona que lleva muchos esfuerzos y tiempo dedicados a algo que le resulta difícil manejar, una recaída puede suponer emociones intensas como la culpa, la impotencia, la frustración o la desesperanza. La idea no es evitar estas emociones, sino adquirir herramientas para poder gestionarlas de forma adaptativa.
Herramientas para poder gestionar estas emociones
Algunas de estas herramientas son:
- Frente a estas emociones, detenerse y observar lo sucedido con cierta distancia: “Tras lo ocurrido me siento muy mal, pero ahora puedo decidir qué hago con esto”.
- Analizar de forma descriptiva lo sucedido sin buscar culpables: Qué sucedía antes, qué emociones aparecieron, qué pensamientos y qué necesidades.
- Volver a lo que funciona cuanto antes. En lugar de convertir el episodio en una “bola de nieve”, parar y retomar las estrategias que en otros momentos han funcionado.
- Informar de lo ocurrido en terapia, no solo para poder recibir ayuda, sino también para comprender mejor lo ocurrido.
- Aceptar que estamos en un proceso de aprendizaje en el que pueden aparecer momentos difíciles sin convertirlos en una valoración negativa de quiénes somos.
Finalmente, es importante entender que la recuperación o implica que nunca más se vayan a experimentar emociones desagradables o momentos difíciles, ya que estos forman parte de la experiencia de vivir. El objetivo no consiste en buscar la “recuperación perfecta”, sino en trabajar de forma constante y flexible para afrontar aquellos momentos en los que las cosas no salen como esperábamos