Descubrir que un hijo, una hija o un alumno se está haciendo daño de manera intencionada puede generar una enorme preocupación. Es habitual que aparezcan miedo, desconcierto, culpa, enfado o una necesidad urgente de conseguir que esa conducta desaparezca. Sin embargo, afrontar de forma sosegada y efectiva esta conducta puede ser una oportunidad para conectar con el adolescente y poder acompañarle a afrontar su malestar de forma constructiva y sanadora. No podemos quedarnos únicamente en «¿Qué hacer para que deje de hacerlo?», sino que, por extraño que parezca, hemos de preguntarnos: «¿Qué está intentando afrontar o sostener con estas autolesiones?».
Las autolesiones son conductas mediante las cuales una persona se provoca daño físico de forma deliberada. Pueden adoptar diferentes formas y presentar distinta frecuencia o gravedad. Aunque deben tomarse siempre en serio, es importante entender que autolesionarse no equivale necesariamente a querer morir. Por eso se definen como autolesiones no suicidas (ALNS). Según estudios actuales, la prevalencia mundial agrupada en adolescentes es del 17-22 % a lo largo de la vida.[1]
La experiencia clínica y los estudios científicos nos hablan de las diferentes funciones que puede tener la autolesión. En algunas ocasiones, la joven o el joven puede usarla para mitigar un dolor emocional que no sabe o no puede gestionar. En otras, es una forma de pedir ayuda al no saber cómo compartir un sufrimiento que le sobrepasa. También pueden ser conductas repetitivas que le sirven para regularse en los momentos en los que se siente agitado y no sabe contenerse. Por ello, para comprender la conducta y conseguir que la persona se sienta acompañada, es trascendental entender la función que esta tiene para ella.
Aunque pueda resultar contraintuitivo para quien no ha estado en una situación de crisis existencial, la autolesión es un intento de solución. Es, de hecho, valga la metáfora, agarrarse a un clavo ardiendo. Calma el ahora, aunque el después sea peor. Diferentes motivaciones pueden llevar a la ALNS. Puede ser una forma de reducir la tensión provocada por los pensamientos negativos. Puede ser un intento de resolver dificultades interpersonales. Puede ser una forma de autocastigo por fallos percibidos. Y, en muchas ocasiones, es un grito desesperado de ayuda.
¿Cómo se genera esta conducta? Imaginemos que un adolescente, después de una frustración, una discusión o un fracaso, entra en un estado de ansiedad o angustia intensa y, como ha visto en algún TikTok, se autolesiona. Pongamos que se corta con unas tijeras. Si la conducta produce un alivio inmediato, el cerebro puede aprender que es una manera rápida de reducir la sensación de malestar. Con frecuencia aparecen después la culpa o la vergüenza, lo que puede llevar a ocultar la conducta. Así puede crearse un hábito y consolidarse un círculo: malestar emocional → angustia → autolesión → alivio momentáneo → culpa, vergüenza o miedo → aislamiento → nuevo malestar emocional.
Conocer la función y la motivación de la ALNS facilitará comprender la situación y acercarse de forma sensible y eficaz al joven o la joven que sufre. Tanto la actitud de minusvalorar la conducta —«lo hace para llamar la atención»— como la de mostrar una alarma excesiva —«se ha intentado suicidar»— nos alejan de poder ofrecer una ayuda proporcionada y eficaz.
¿Qué pueden hacer los padres?
De entrada, una idea clara: preguntar no aumenta el riesgo. Al contrario, el silencio aumenta la soledad, el aislamiento y la vivencia de «no importo», aspectos centrales en las teorías contemporáneas sobre la conducta suicida en jóvenes.[2] Preguntar: «¿Cómo?», «¿Dónde?», «¿Desde cuándo?», «¿Cómo te sientes?». No desde la persecución, sino desde una actitud empática que trate de comprender la experiencia.
Desde la clínica indicamos a los padres que la prevención y el acompañamiento requieren combinar cercanía emocional, supervisión y ayuda profesional cuando sea necesaria.
- Mantener la calma y evitar el juicio. La forma en que actúen facilitará, o dificultará, que el adolescente se abra y pida ayuda. No ayudan la bronca, la sobreactuación ni los comentarios que trivializan el malestar.
- Escuchar la necesidad del adolescente antes de dar soluciones. Suele ser más útil preguntar «¿Qué necesitas?» que ofrecer inmediatamente consejos. Siempre hemos de validar las emociones sin que ello implique estar de acuerdo con las conductas o las decisiones.
- Intentar comprender la función o el fondo de la conducta. Reconocer y observar las necesidades emocionales, así como la situación existencial del joven.
- Construir alternativas. Si se ha detectado la función o la necesidad del adolescente, ayudarle y acompañarle a generar recursos de afrontamiento o a buscar soluciones creativas al problema.
- Reducir el acceso a medios potencialmente peligrosos. Implicar al adolescente en la retirada de los objetos o recursos que puedan facilitar la recaída en la conducta autolesiva.
- Aprovechar la ocasión para mejorar la conexión cotidiana. La prevención no debe reducirse a hablar de las autolesiones. Puede ser una oportunidad para mejorar la cohesión y la comunicación. En ocasiones, recomendamos realizar terapia familiar para mejorar la gestión emocional en la familia.
- Buscar ayuda profesional. Las autolesiones pueden ser la expresión de un malestar más profundo y, sobre todo si son repetidas, aconsejan la consulta profesional. Un profesional de la salud mental puede valorar el riesgo, explorar qué factores mantienen la conducta y trabajar habilidades de regulación emocional, comunicación y resolución de problemas.
Así como en el suicidio juvenil hablar salva vidas, ante un joven con autolesiones, hablar seguramente le mejorará la vida. Lo mejor que podemos hacer es escuchar sin juzgar, estar a su lado y ayudarle a afrontar sus conflictos y, cuando haga falta, acudir a un profesional. Parafraseando a Cyrulnik,[3] «lo que mejor teje el vínculo con el adolescente es el apaciguamiento de sus angustias y no la satisfacción de sus necesidades».
Referencias bibliográficas
[1] Farkas, B. F., Takacs, Z. K., Kollárovics, N., & Balázs, J. (2024). The prevalence of self-injury in adolescence: A systematic review and meta-analysis. European Child & Adolescent Psychiatry, 33(10), 3439–3458. https://doi.org/10.1007/s00787-023-02264-y
[2] Armengou, E. (2024). Romper el silencio: Reflexiones para entender y prevenir el suicidio entre los jóvenes. Plataforma Editorial.
[3] Cyrulnik, B. (2021). Cuando un niño se da muerte: Cómo entender el suicidio en la infancia. Gedisa.