Salud Mental

El ejercicio físico como intervención en psiquiatría

18 de Enero, 2026 Ana Noguera

El ejercicio físico (EF) se ha consolidado como una herramienta terapéutica eficaz en distintos trastornos de salud mental. Numerosos estudios y análisis de gran calidad científica han demostrado que mantenerse activo, ya sea mediante ejercicio aeróbico, entrenamiento de fuerza o actividades que combinan movimiento y atención plena, ayuda a reducir síntomas de depresión, ansiedad y estrés. Además, aporta beneficios adicionales en áreas como el funcionamiento cognitivo, la salud cardiovascular y la calidad de vida. Por este motivo, varias guías internacionales ya consideran el ejercicio una recomendación habitual e incluso un tratamiento inicial en algunos casos. 

 

A pesar de esta sólida base científica, la incorporación del ejercicio físico en la práctica clínica psiquiátrica todavía es irregular. En los países con mayores recursos, su uso ha ido aumentando, pero sigue aplicándose de manera desigual y sin protocolos claros. En países con menos recursos, la prescripción sistemática es todavía menos frecuente. 

 

Un estudio reciente realizado en España en 32 centros de Ita Salud Mental analizó los conocimientos, creencias y prácticas de los psiquiatras respecto al ejercicio físico. Los resultados mostraron que, aunque existe un interés elevado y se reconoce su utilidad tanto para prevenir como para tratar problemas de salud mental, el uso del ejercicio en la consulta sigue quedando en un segundo plano. 

La mayoría de los profesionales encuestados señaló no tener suficiente formación específica para poder recomendar ejercicio de forma pautada. Asimismo, situaron esta intervención en un quinto lugar dentro de sus prioridades terapéuticas, por detrás de opciones como la medicación o la terapia cognitivo-conductual. También destacaron la falta de recursos adecuados, desde equipamiento hasta personal preparado para apoyar estas intervenciones. 

 

Este tipo de dificultades coincide con lo observado en otros países, donde las barreras más comunes incluyen la falta de formación, la ausencia de programas estructurados, la escasez de recursos y factores culturales que pueden influir en cómo los pacientes perciben el ejercicio como parte de su tratamiento. 

 

Los beneficios del ejercicio físico en salud mental son amplios: ayuda a reducir síntomas psiquiátricos, mejora la atención y la memoria, disminuye el riesgo de desarrollar trastornos mentales y aumenta la calidad de vida. Sin embargo, no todas las personas responden igual y uno de los mayores retos es mantener la constancia, sobre todo en ejercicios más exigentes. 

Las recomendaciones actuales sugieren realizar actividades de intensidad moderada entre 3 y 5 veces a la semana, dedicando entre 30 y 60 minutos por sesión, durante al menos seis semanas. Es importante que el tipo de ejercicio se adapte a cada persona, teniendo en cuenta sus preferencias, su nivel habitual de actividad y posibles problemas físicos. De hecho, la adherencia mejora cuando el propio paciente elige la actividad. Las prácticas mente-cuerpo, Como yoga, tai chi, pilates, mindfulness o danza, se han convertido en alternativas muy útiles para mejorar la regulación emocional, reducir el estrés y favorecer una mayor conexión corporal. 

 

Por eso, el ejercicio físico es una de las herramientas más accesibles, seguras y efectivas para cuidar la salud mental. Incorporarlo a la rutina diaria contribuye a disminuir el estrés, mejorar el estado de ánimo, aumentar la energía y fortalecer la resiliencia emocional. En un momento en que los problemas de salud mental son cada vez más frecuentes, promover el movimiento en la vida cotidiana se convierte en una estrategia clave para vivir con mayor bienestar y equilibrio. No es necesario empezar con grandes esfuerzos: cada pequeño paso suma, y con el tiempo puede generar un impacto muy significativo en nuestra salud global. 

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